Desafíos del psicoterapeuta frente a las identidades con el sexo y las diversidades de género
Autoras: Mayte Muñoz Guillén; Alicia Monserrat
COMUNICACIONES DE PSICOTERAPIAS PSICOANALÍTICAS – V Congreso Nacional FEAP – Zaragoza 15 de noviembre de 2025
La constitución de la identidad es una de las tareas más complejas a llevar a cabo, muy especialmente la identidad sexual en el marco y exigencias de una sociedad cambiante, paradójica y líquida. ¿Qué es la identidad y cómo se configura? Digamos que la identidad es el conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracteriza frente a los demás.
“Ser lo que se es, es la realización del yo profundo. Pero yo dudo de que ese yo profundo sea únicamente natural porque la biología determina pocas cosas, si bien forma los cimientos del ser. El yo profundo es la suma de la biología más las superposiciones del medio social que se asimilan en los primeros años de vida” (J. L. Sampedro)
Ahora, en 2025 traemos a este encuentro, modos de funcionamiento psíquico, subyacentes a identidades conformadas y configuradas atendiendo a nuevos modelos de organización identitaria, sin perder de vista que el ser humano dirige siempre la interrogación hacia sí mismo en un replanteamiento permanente sobre quien es realmente.
El cuerpo, el sexo y el género se presentan en la actualidad como elementos difusos dentro del entramado de la distinción entre biología y cultura. Recientes teorías han surgido poniendo en cuestión criterios hasta ahora establecidos. La sexualidad y el género, toman nuevas formas como efecto del intercambio de las identificaciones y prohibiciones.
El sentimiento de identidad es un proceso dinámico, constituye una experiencia subjetiva del self que se inicia en la niñez a partir de la imagen corporal y ésta tiene su origen en la relación con el objeto materno, es decir, el investimiento que el objeto materno haya hecho del cuerpo del bebé (el yo corporal→ precursor de idenƟdad)1 Proceso que culmina en la adolescencia dentro de un contexto social determinado que surge de la asimilación mutua y exitosa de todas las identificaciones fragmentarias de la niñez que, a su vez, suponen haber hecho un proceso exitoso de las introyecciones tempranas. Es una evolución de gran complejidad encaminada a construir la imagen de uno mismo, así como la diferenciación de los otros. Un sentimiento de continuidad que se refiere al mantenimiento del equilibrio psíquico. Así mismo marca la diferencia con los otros, la alteridad. El afianzamiento del sentimiento de identidad se basa en que las identificaciones introyectivas durante la infancia prevalezcan sobre las proyectivas.
Las bases de la identidad, —especialmente la identidad sexual—, deben quedar consolidadas en la adolescencia. La misión de todo adolescente es poder conseguir una identidad adulta propia y diferenciada de los demás. La consolidación pues, de la identidad —con lo que supone de ejercicio de las funciones del Yo— va a sustentarse en la nueva relación que el adolescente establezca con su nuevo cuerpo, por lo que el Yo se ve altamente perturbado ante la crisis puberal que es una crisis corporal.
El adolescente tiene que empezar a poder integrar un cuerpo sexuado, y la duda, la incertidumbre y el desconcierto generan angustia y desasosiego.
Para poder interactuar sin descomponerse con los nuevos y complejos retos de los tiempos actuales y venideros, es necesaria una gran flexibilidad mental acompañada de un equilibrio emocional que ayude a incorporar lo desconocido, sin que ello suponga un deslizamiento inestable de la personalidad, naufragando por el principio de la incertidumbre.
Es muy estrecho el vínculo existente entre la imagen corporal y el desarrollo de las funciones del Yo. El púber tiene que hacerse nuevas representaciones simbólicas e inscribir su cuerpo en lo simbólico.
Sexo y género impactan la mente del adolescente a causa del incremento de la excitación pulsional —atravesada por la sexualidad infantil pre-genital y la genital adulta— que irrumpe perturbadoramente cuando estas exigencias pulsionales no encuentran cómo ligarse en una representación. En la adolescencia todo es cambio. El cuerpo se transforma. Todo fluye y todo es nuevo para el adolescente, pero este proceso a la vez que emocionante es también aterrador. El cuerpo es ahora el centro de la vida psíquica, es lo más inmediato y primer elemento de cambio.
En palabras de Ph. Jeammet, “la adolescencia constituye una referencia, una puesta a punto, un interrogatorio de la solidez de las bases de la identidad del niño. No hay casi ningún adolescente que no se enfrente de un modo y otro a la duda acerca de su identidad”.
Sexualidad y género
La sexualidad y el género toman nuevas formas, como efecto del intercambio de las identificaciones y prohibiciones que cada persona pudo forjar en el marco de los legados familiares.
E. Roudinesco, en su publicación: “El yo soberano”, plantea uno de los debates centrales de nuestro tiempo que es el de las “reivindicaciones identitarias” asentadas en la idea del relegamiento o desplazamiento del factor naturaleza biológica del ser humano, al de su “construcción social” que ahora pasa a prevalecer, obviando que el ser humano es a la vez un sujeto biológico, un sujeto social y un sujeto psíquico, y que “el sexo biológico existe y no responde ni a una demanda, ni a una voluntad de asignar, ni a una elección. No se puede anular el género en beneficio del sexo, ni el sexo en nombre del género”
El sexo es una variable biológica binaria con una primera vertiente XX o XY.
El género es la construcción social del sexo. El sexo es de origen biológico y el género, de origen social. Se entiende el género como una esencia interna, y la identidad de género como la vivencia subjetiva de ser hombre o mujer, se trata pues, de un sentimiento, una actitud. Pero en la sociedad líquida (Z. Bauman), flexible y maleable, los conceptos de sexo y género se usan indistintamente como si fueran sinónimos. No siempre es fácil distinguir en el discurso social cual es el significado, del significante empleado para nombrarlo.
La Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas define la identidad de género como “un sentimiento sentido de forma interna y profunda de ser varón o mujer, o algo intermedio u otra cosa. La identidad de género de una persona puede corresponder o no con su sexo”.
La Ley “trans” en nuestro país (2021) dice: “identidad de género o sexual es la vivencia interna e individual del género tal y como cada persona la siente y autodefine, pudiendo o no corresponder con el sexo asignado al nacer”
La disforia de género o trastorno de identidad de género, según la definición del DSM5 es el “desajuste psicológico derivado de la incongruencia entre el género asignado a la persona en el momento del nacimiento, en razón de su apariencia sexual”.
Se caracteriza por una disconformidad con el sexo biológico originario de la persona, y de ahí la expresión de haber nacido en un cuerpo equivocado. Cuando la pubertad da señales de eclosionar en el cuerpo, algunos sienten pánico, niños y niñas que se quejaban de no estar a gusto con su cuerpo (masculino o femenino) es algo que ha existido siempre. Que una niña diga que quiere tener colita como su hermano, o un niño bebés en la tripa como su mamá, no es evidencia de malestar con el propio cuerpo, sino el anhelo de tenerlo todo y no renunciar a nada.
Siendo “infans” es posible sostener esa ambigüedad: niño/a como deseo intercambiable a nivel de fantasía. Pero llegando a púberes ya no resulta viable, pero ahora la posibilidad real de llevar a cabo los cambios hormonales y las cirugías correspondientes, da lugar al fenómeno de transexualidad o disforia de género.
La pregunta que surge en estos casos es: ¿por qué abominar del propio cuerpo? ¿qué tiene ese cuerpo —o qué no tiene— para no reconocerlo satisfactoriamente como un cuerpo en el que sentirse a gusto?
Otra pregunta nos surge de inmediato: ¿cómo fue investido ese cuerpo por quienes ejercían las funciones parentales? ¿Fue un cuerpo cuidado y apreciado por el objeto materno? ¿fue objeto de satisfacción para la madre? No es un planteamiento del cuerpo del bebé en su sentido morfológico únicamente, sino desde las expectativas parentales ¿era ese/a hijo/a —con el sexo biológico correspondiente— el que ocupaba el espacio de deseo (ya sea consciente o inconsciente) materno?
Históricamente la alteración identificada como “disforia de género, según el DSM en su 4ª edición revisada, afectaba al 0,01% de la población. Este dato ha cambiado drásticamente en el último decenio, con un rotundo aumento de adolescentes que afirman tener “disforia de género” y se autoidentifican como “trans-género”. Cabe pensar en un auténtico fenómeno social.
La inestabilidad emocional propia de este período de la vida de enormes incertidumbres (adolescencia) encuentra donde asentarse: en el cuerpo (primer elemento de cambio en el paso de la niñez a la adolescencia como ya hemos dicho).
La desazón propia de la adolescencia puede encontrar en la “disforia de género” la justificación y canalización de una diversidad de malestares en torno al cuerpo, el sexo y el género, toda vez que —además— el cuerpo puede modificarse, cambiar y alterar su constitución fisiológica originaria bajo técnicas físicas, quirúrgicas, dietéticas…. etc.
Esta propuesta de cambio corporal se encuentra avalado y respaldado por modelos normativos, especialmente exigentes para las chicas. Todo ello dentro del marco rotundo que encuadra nuestra sociedad actual: el narcisismo como característica constitutiva del individuo de hoy.
Así pues, el autodiagnóstico de transexualidad viene a ser para algunos/as jóvenes la “solución” de dificultades identitarias propias de la adolescencia.
El yo-ideal (que no el ideal del yo) vinculado a la grandiosidad infantil se impone sólidamente sustentado por las fábricas de egocentrismo que son las Redes Sociales. Los/las llamados/as “influencers” promueven muy activamente lo “trans” como un diagnóstico de identidad social del que no cabe dudar. No es descartable plantearse que el conflicto que muchos adolescentes se plantean respecto a una identidad de género incongruente con el sexo biológico, sea debido a un aprendizaje social organizado. Planteamiento que—vamos a decir— valida cualquier actitud disidente en asuntos de orientación sexual e identidad de género.
Los adolescentes en su período de definición personal necesitan referencias y referentes, valores, iconos, mitos… que en condiciones de inestabilidad, actúen como elementos que contribuyan a dar sentido a sus búsquedas en aras de la deseabilidad social.
Lo cierto es que el tema de la identidad sexual, durante siglos incuestionable, es actualmente interpretable y objeto de diversidad formal (formas diversas de vivir la sexualidad). Si el marco social que encuadraba la sexualidad era rígido y riguroso, ahora es flexible y maleable.
Teoría Queer
“El género en disputa” (J. Butler,1990) es considerado el texto fundador, y su autora, la mentora de dicha teoría, según la cual el sexo sería igualmente un efecto de la misma construcción social que el género. Todo sería construido, contingente y performativo (es el término utilizado para definir este proceso) Lo performativo es algo, que al ser expresado o realizado, no sólo describe una acción, sino que también la lleva a cabo. El lenguaje performativo no sólo habla de un estado de cosas, sino que también lo cambia o lo crea, de modo que siendo de una manera, también podría ser de cualquier otra.
Tanto sexo como género serían construcciones sociales y no habría ninguna base natural en la biología del sexo que justificara la normativa del género, ni el binarismo sexual. No habría nada fijo, todo sería cambiante y fluido.
Se propone que el cuerpo no tiene por qué ajustarse a un patrón normativo, y se propone también la existencia de sexualidades disidentes 8 (principio de la performatividad, concepto clave de la teoría queer). Es suficiente la auto-identificación.
Baste pensar que desde el comienzo de la vida el bebé está en contacto muy directo con el entorno social, que en este caso, no es otro que las funciones de la red de la parentalidad. En este sentido Miquel Missé, en su libro “A la conquista del cuerpo equivocado” plantea que “nadie nace transexual”. Esto coincide con Freud, en referencia a lo que ya ha sido mencionado, que el sujeto se constituye en su relación con el objeto y el entorno o medio. Remite también —de alguna manera— a la conocida cita de S. de Beauvoir (segundo sexo) “se nace varón o hembra, pero se llega a ser hombre o mujer”
“Si en el pensamiento sexista tradicional el género es sólo una nota a pié de página del sexo, en el pensamiento queer, es el sexo el que es sólo una nota a pié de página del género” 2
“Hoy vivimos presos en una caverna digital, aunque creamos que estamos en libertad. Nos encontramos encadenados a la pantalla digital, los “influencers” son los nuevos amos de la caverna de Platón y quienes alienan a niños y adolescentes” 3
“Considerados en su conjunto, estos factores van en el sentido de hacer más difícil la triangulación y de favorecer un predominio de elección de objeto libidinal de tipo narcisista, y por lo tanto, lo que hemos llamado parte narcisista del yo, va a prevalecer en detrimento de la parte objetal del orden de lo neurótico y la conflictividad edípica” (Manzano, J.)4
1 Freud “El yo y el ello” 2 Errasti y Pérez Álvarez “Nadie nace en un cuerpo equivocado” Ed. Deusto (2022) 3 Chul Hang, Byung “Infocracia. La digitalización y la crisis democrática” (2022) 4 “Cambios sociales y su repercusión en la parentalidad y la filiación”. Comunicación personal
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